Sobre la transitoriedad y la muerte


Nadie sabe ni el día ni la hora, y desafortunadamente, muy pocas personas están preparadas para su llegada, aún cuando ésta es inevitable. Así es la muerte.


Nos dirigimos a ella, de forma inevitable, incluso, desde antes de nacer. Y aún así, a la mayoría de las personas les duele cuando sucede.


A mí me ha tocado vivirlo. Llevaba ya, casi 30 años, sin un fallecimiento cercano, y hace unos días mi abuelito (quien fue mi principal figura paterna) cerró este ciclo de vida.


Recuerdo una ocasión, en la clase de Tanatología de la Universidad, que se comentó que te vuelves un mejor tanatólogo cuando vives un fallecimiento cercano. No lo había tenido, y sin embargo, he tenido la oportunidad de acompañar diversos duelos durante mis años como psicoterapeuta. No puedo decir con esto que me he vuelto un mejor profesional en esta área, pero sí puedo compartirles que vivo un duelo sano, en paz y calma, con esperanza, fe, perdón y gratitud.


Mi abuelito falleció a la edad de 91 años. A pesar de su edad, se mostraba fuerte y hacendoso. La mayor parte del tiempo estaba activo, ya sea barriendo, leyendo o arreglando alguna cosa de la casa. Esa misma fortaleza estuvo presente hasta el último momento. Su muerte fue inesperada para la familia. Y lo inesperado nos toma con la guardia baja.


Si hoy estoy escribiendo esto, una parte es para honrar el legado de él, quien siempre nos alentó a trabajar para estar bien, y de quien aprendí la ayuda silenciosa a las y los demás.


La muerte es inevitable y la vida es transitoria.


Este par de ideas que he estado reflexionando desde hace algún tiempo me ha permitido vivir estos días con mucha calma. Para mí la muerte ha dejado de ser ajena, ya que la he hecho presente en cada ser sintiente de mi alrededor: desde las pequeñas hormigas, las aves, los animales domésticos, hasta las personas lejanas y cercanas. Soy consciente también de mi propia muerte. Un día ocurrirá y no podré hacer algo para evitarlo. Se dice que no se está nunca listo, espero un día estarlo. Por ahora, al menos, soy consciente de ella.


Alguna vez he afirmado que las personas vivimos la muerte desde dos perspectivas: con conciencia de muerte y sin conciencia de muerte. Aquellos que, por alguna circunstancia, se vuelven conscientes de la muerte, sea por una enfermedad crónica y/o terminal, por un accidente o por la pérdida de alguien cercano, suelen ver la vida desde otra óptica: son conscientes de lo transitorio de la vida. Desafortunadamente, una gran parte de la población no sólo no es consciente de la muerte, sino que vive bajo la ilusión de la permanencia de la vida, y por ello, cuando el fin se hace presente, les genera un profundo sufrimiento.


Ya que escribo sobre el sufrimiento y muerte, aprovecho para mencionar un aspecto que suele manifestarse y provoca mucho dolor en las personas: la culpa. Dado que rara vez estamos preparados ante la muerte, cuando sucede, ciertas ideas se hacen presentes en nuestra mente: los deberías, los podrías, los tenías. Debo hacer esto, pude haber hecho esto, tenía que hacer esto... Y estas ideas, si se anidan en nuestra mente, nos pueden atormentar una y otra vez y evitar la aceptación del suceso.


Si nos recordamos que, en cada momento de nuestra vida, hacemos lo mejor que podemos con los recursos que en cada momento tenemos, comprenderemos que, a pesar de que estas ideas se hagan presentes, realmente no ayudarán en nada a la aceptación.


Por último, recalcar los tres aspectos que para mí son relevantes para la vivencia de un duelo sano: perdón, gratitud y despedida.


Perdonar es soltar. Dado que somos humanos cometemos errores, tanto nosotras/os, como nuestros seres queridos. Al llegar la muerte es importante soltar, es decir, pedir perdón y perdonar, reconocernos como seres imperfectos, que anhelamos y deseamos ser felices y no sufrir, y que muchas veces, motivadas/os por la ignorancia, nos equivocamos. Perdonar es liberarnos a través de la comprensión y la compasión.


Siempre habrá algo por agradecer, y en un duelo sano, se hace presente. Aunque sea lo mínimo, la gratitud nos ayuda a orientar nuestras emociones hacia lo positivo. Agradecer por su existencia, agradecer por las enseñanzas, agradecer por el legado, agradecer por el ejemplo, agradecer por la vida.


Y, si bien éste no suele presentarse pronto, llegará el momento de la despedida. Decir adiós no es olvidar, es aceptar la ausencia física y dar la bienvenida a la presencia trascendente, es tomar conciencia de todo lo aprendido y comprometerse a vivirlo con mayor plenitud, a honrar la memoria de aquel/aquella que falta.



Gracias, ”papi”, por tanto. Me toca honrar tu memoria.


Anatolio Herrera Caamal

1929 - 2020

250 vistas0 comentarios

Entradas Recientes

Ver todo