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Construir vidas valiosas


Foto de participantes del 9o Congreso Internacional de Prevención del Suicidio (Tomado del Facebook de la Asociación Mexicana de Suicidología)


La semana pasada participaba en el 9o Congreso de Suicidología en la Ciudad de León, Guanajuato. Fueron dos días de mucho aprendizaje y reflexión en torno al fenómeno del suicidio, y cómo las ideas en torno a esta problemática de índole social siguen evolucionando.


Hoy, para retomar el escribirles en este blog, me gustaría compartirles una serie de reflexiones en torno a una frase que fue dicha por la Dra. Paulina Arenas Landgrave en su participación como ponente dentro del congreso:

Desde que sus palabras llegaron a mi mente no he podido dejar de pensar en ello, porque me pregunto si estamos siendo capaces de ver más allá de un problema de índole individual, para enmarcarlo en una situación ampliamente social.


Cuando leo noticias de que se le ha "salvado" la vida a alguien que ha intentado morir por suicidio, me pregunto si estamos entendiendo el sufrimiento que esa persona ha estado experimentando, quizás, desde hace muchísimo tiempo.


Por ello, en las actualizaciones sobre las formas recomendadas para hablar sobre el suicidio se ha empezado a decir con énfasis: un intento NO debe ser noticia.


Pero no quiero desviar estas reflexiones hacia ese tema, sino hacia el recordatorio que cuando se habla de una persona con riesgo suicida, antes que nada, se habla de una vida, una, que está inmersa en una historia, en un entorno cultural, histórico, familiar, ideológico, religioso, económico, biológico, ecológico, educativo, con posibilidades y acceso (o no) a ciertos servicios.


Hoy me parece que los discursos que únicamente se centran en la disminución de los índices de muertes por suicidio se están quedando muy, pero muy cortos, y que se centran en aspectos médicos, cognitivos, interventivos, evitativos de un "resultado fatal", pero, ¿y qué sigue para esa persona después?


Si poco a poco estamos entiendo que en suicidología no hablamos de causas, sino de factores de riesgo, ¿será acaso suficiente con promover los llamados factores de protección para disminuir las tasas de defunciones por suicidio en la población?, ¿será la estrategia indicada para evitar que los factores de riesgo aumenten en la población infantil, donde cada vez más ocurren más casos?, ¿será suficiente para disminuir su prevalencia en el rango de edad de 15 a 29 años donde se concentran más las muertes?, ¿será acaso lo que podrá prevenir las otras pérdidas que, también, ocurren en personas de 30 a más edad?, ¿cómo le brindará esperanza a una persona que yo le promueva que es importante que se alimente sanamente, que tenga un plan, proyecto o sentido de vida, que haga ejercicio, que conecte con sus semejantes, si las condiciones en las que vive está inmersa en violencias evidentes y sutiles, donde se viven juicios, segregaciones, discriminación, clasismo, donde las exigencias para una vida plena son extenuantes, y el individualismo se enraíza?


¡Por supuesto que no será suficiente!


Mientras no seamos capaces de cuestionar aquello que se ha convertido en normativo como vida plena, vida exitosa, vida realizada, éstos nos seguirán gobernando y continuarán ejerciendo una presión atroz, ya que nos conducen a ilusiones que, únicamente nos han llevado a nuestra destrucción. ¿Sueno exagerado? Bueno, díganme cómo estamos a nivel social, económico, ecológico, ¿acaso esa idea de vida plena está siendo alcanzable para todas las personas o únicamente para un reducido grupo?


Si, claro, tenemos avances tecnológicos, ¿pero tenemos prosperidad? Sí, estamos más conectados, ¿pero hemos aprendido a valorar y respetar nuestras diferencias? Sí, hoy podemos disfrutar de más cosas en nuestros hogares, ¿pero hemos aprendido a cuidar nuestro planeta? Hemos aumentado el conocimiento del mundo, ¿pero hemos aprendido a conocernos realmente a nosotras/os mismas/os? Hoy podemos viajar a, prácticamente, cualquier parte del mundo, ¿pero hemos aprendido a crear vínculos sanos, fuertes, confiables? Hoy tenemos mayor capacidad de consumo, ¿pero hemos aprendido a dejar de necesitar cosas? Hoy pareciera que lo podemos todo, ¿pero vivimos realmente felices?


No se trata únicamente de salvar vidas, sino de preguntarnos qué estamos haciendo como sociedad para que esas vidas no se perciban a sí mismas como importantes, valiosas, incluidas, con igualdad de oportunidades, con la posibilidad de ser felices.


No es únicamente disminuir los números, porque no solamente son datos, son vidas.


¿Y qué sigue una vez que se ha prevenido, evitado una muerte por suicidio? Trabajar como sociedad para reconstruir un tejido social que se ha ido deshilando, replantearse muchas metas, deconstruir miradas normativas que se convierten en juicios de valor, proponer mejores modelos de bienestar social y económico, respetar y promover la diversidad de creencias, fortalecer los trabajos orientados hacia el crecimiento personal y espiritual (incluyendo, quien así lo desee, el religioso), reinvindicar la salud mental, disminuir las exigencias sociales, recordar nuestra interrelación con el ecosistema y con todos los seres vivos, crear espacios de que brinde la oportunidad de vidas plenas para todas y todos.


Es necesario incluir en el discurso que hable sobre el Suicidio, la narrativa social, económica, espiritual, cultural, histórica, filosófica, antropológica, médica, alimentaria, ecológica, deportiva, educativa, laboral, ¡vaya!, todo el entramado complejo en donde estamos.


Suena a una tarea titánica, pero es necesaria, si queremos, verdaderamente hablar sobre el suicidio.


Por vidas más plenas, más felices, asumamos la responsabilidad que a cada quien nos toca, para co-construir un mejor presente para co-existir.


Edgardo Flores

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