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No se necesita un padre


Antes que nada, quiero agradecer la respuesta favorable que ha tenido la publicación en mis redes sociales sobre la “no necesidad de un padre”, y por ello consideré necesaria completarla con una reflexión más profunda.


¿Por qué considero que no se necesita un padre para el bienestar de hijas e hijos? Explico.


Durante muchísimo tiempo hemos considerado que la ausencia paterna genera una huella del abandono, porque se ha enfatizado que dicha figura tiene cierta representación de importancia en el desarrollo de la personalidad, carácter, capacidad vinculativa de niños y niñas. Por eso, cuando una persona crecía con la ausencia, sea física o emocional, de esa figura simbólica, se afirmaba que algo faltó en su desarrollo y vivía con un vacío, una carencia, que intentaría llenar de alguna otra forma.


Creo que dicha idea genera una serie de impresiones en las personas que, desafortunadamente, sólo contribuyen, paradójicamente, a la sensación de malestar. Daña más la idea de ausencia que la ausencia en sí.


Le explicaba a una paciente este principio: imagínate que nunca has probado el chocolate. No tienes problema porque no lo conoces, por lo tanto vives tranquila tu vida. ¿Cómo puedes desear algo que no has probado? Sin embargo, a tu alrededor te empiezan a decir que el chocolate es lo mejor de lo mejor, que es terrible que no lo hayas probado. Al inicio no importa, pero es tanta la insistencia que, en serio, empiezas a lamentar que nunca hayas tenido la oportunidad de probarlo. A pesar de haber comido mazapanes, paletas, gomitas, cremas, gelatinas, ya no las disfrutas, porque crees que te hace falta el chocolate para ser feliz. También aplicaría el mismo principio para el caso de haberlo probado en alguna o algunas ocasiones y ya no comerlo de nuevo. Al final, lo que causaría realmente el pesar es la creencia de que es necesario comer chocolate para tener bienestar, lo cual, es absolutamente falso. ¡Claro! Comer chocolate seguro contribuirá a la sensación de alegría, bienestar, placer, pero no es algo necesario para la subsistencia.


Apliquemos la idea a la figura del padre. Por mucho tiempo hemos afirmado su papel necesario en el desarrollo de las infancias, pero ¿sí nos damos cuenta que dicha idea ha contribuido a que muchas mujeres se mantengan en relaciones donde vivían violencias?: “es que necesita la figura del padre”. Incluso, desde el ejercicio de la profesión psicológica se continúa afirmando las ideas del vacío que genera el llamado abandono del padre. ¿Seremos acaso conscientes de que dicha perspectiva carece de perspectiva de género, surge de una mirada patriarcal y machista y además tiende a generar culpa a la mujer que se alejó o aleja (muchas de las veces por protección) a dicha figura de la vida de hijos e hijas? “Es que su padre siempre será su padre”.


Entendamos que la aflicción y el sufrimiento que nos genera la, supuesta, ausencia paterna, en realidad tiene que ver más con la idea de que es necesaria para el sano desarrollo de las infancias y las adolescencias, que el acto en sí mismo. Al final, nuestra relación con dicha figura se da desde el simbolismo y las expectativas que se crean en nuestro entorno social y que le atribuyen una serie de valores ”intransmisibles” para la vida de las niñas y los niños.


Sin embargo, la historia ha sido muy clara: nos hemos desarrollado a pesar de dicha ausencia y hoy, en una época donde las deconstrucciones han contribuido a romper con muchos esquemas rígidos y nos ayudan a una mejor comprensión, es necesario también hacerlo con esta idea de la necesidad de la figura del padre. Ojo, también aplicaría con la figura de la madre, pero hablaré de ello en otra ocasión.


Si logramos comprender esto, es muy probable que el enfoque cambie y nos permita orientar nuestra mente, más que al vacío y la ausencia, y nos lleve a mirar con aprecio y gratitud a muchas otras figuras simbólicas y representativas en nuestra historia que, no necesariamente tendrían que ser masculinas, pero que han contribuido positivamente a nuestro desarrollo.


Esto no quiere decir que, quienes hemos decidido, conscientes, activos, presentes, amorosos y responsablemente, ejercer la paternidad, no contribuya ni de valor. ¡Por supuesto que lo tiene! Y favorecerá a perspectivas mucho más equitativas e igualitarias para las futuras generaciones, pero ya no partimos de la idea de una necesidad, sino de la conformación de una tribu que se compromete al cuidado, protección y guía de generaciones que continúen el trabajo de transformación social que se ha gestado desde tiempos inmemorables.


Así que, la próxima vez que leas o escuches a alguien afirmar que la ausencia del padre ha generado una afectación profunda en el desarrollo de una persona, podrás explicar que sí, era algo que se ha afirmado durante mucho tiempo, pero que los enfoques actuales, afortunadamente, han deconstruido dicha afirmación y hoy no se habla de una necesidad paterna, sino de la construcción de tribus, de redes de apoyo, y con ello, las infancias y las adolescencias se podrán desarrollar, sin menoscabo a su bienestar emocional, psicológico, vinculativo y amoroso.


No se necesita a un padre, se necesita corresponsabilidad, comprensión, deconstrucción, acuerdos, presencia, afecto y amor.


Nota: Estás ideas están en desarrollo, no son una verdad absoluta ni inamovible, nada lo es. Sírvase como una semilla para procesos de reflexión, debate, análisis.

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